a table topped with lots of fruit and flowers
a table topped with lots of fruit and flowers

No hay modo de decir cuando de lo que se trata es de ver. Ni modo de ver cuando no se escucha lo que se dice. En una sala oscura, que no siempre la oscuridad se vuelve materia densa, misterio, Rosa Brillando deja en penumbras el mundo para iluminar lo que resta con su poemario boscoso.

En una sociedad homogeneizada, el poeta da la luz, desempareja, desordena, hace ver los bultos, las rajaduras: no sólo las frutas sino las semillas de las frutas. ¡Cuánto se le puede seguir pidiendo al arte! Rosa Brillando es esa clase de obras que deja extasiado al espectador, llevándolo a recorrer cada poema con pasión, a revestirse de un lenguaje que es nuevo cuando el teatro se hace uno y lo devuelve hecho mariposa.

La poesía en el teatro y lo teatral en la poesía es un trabajo de artesanos, y tanto la dirección como la actuación deben poder fundirse en un abrazo. Cada vez que se piensa en los géneros como espacios expresivos singulares, con sus hechuras, sus modos, sus caracteres —tomemos la poesía por caso— estamos tentados a leer con cierto tono esa materia que lleva siglos caminando dentro de lo literario.

La poesía ha arrastrado mucho sus vestidos, hermosamente, desde Homero hasta aquí, pasando por lo cinematográfico, la danza, dándose a ver mezclada entre colores como en la pintura de Joan Miró. Pero no siempre queda fundida de tal modo que da a luz lo dramático sin despojarse de lo poético en su más profundo carácter.

Rosa Brillando, convertida en Recicatriz, no recita, sino que vive en la escena. Viven los objetos desenrollando pequeñas historias, las frutas sus mágicas texturas y sabores, la sonrisa constante de esta selvática poeta uruguaya que ha escrito con un cuerpo blando toda su literatura del otro lado de nuestro río.

Es que las aguas han juntado la poesía con el teatro en un trabajo al que podríamos llamar, inventando una nueva palabra, teapoético, y en el que no es tan fácil desentrañar uno de otro. Es que en el río del arte, cuando el trabajo es de artesanos, las líneas no se ven, pero sí las costuras, porque las costuras o los nudos son la marca o la cicatriz del nacimiento de cada género.

Y en sutiles filigranas, que se tejen desde un pequeño aparato que recrea bosque, jardines florales, Rosa Brillando, con unos delicados zapatos verdosos, se descubre Marosa.

Es que Marosa tiene alas de afuera hacia adentro y de adentro hacia el espectador. Cada vez que Rosa brilla entre pequeños ramos salvajes, selváticos, extraños, la naturaleza se deja ver en ese lenguaje misterioso que es la poesía.

Naturaleza y lenguaje en un mismo ser que tiene alas de ave exótica, y en cada tinte de color que Rosa desparrama entre luces y vidrios, en esa estética que busca lo sensible, exagerar los sentidos, que introduce al espectador en medio de un bosque a la luz de la luna, entre luciérnagas, las alas crecen en cada uno de nosotros y nos proyectamos como una flor más en ese precioso juego de texturas. Es un arte hecho por los magos, en la noche.

Rosa Brillando oscila entre el caleidoscopio y el embrujo de ese cuerpo frutal que presiente olores y que siente el amor. En ese saber disponer los objetos, en un escenario que se vuelve edén, los poemas de Marosa se hacen canción con una bella disposición de la Recicatriz, ese cuerpo nuevo que la convierte en flores brillando.

Todo es esencia, presencia y color. Todo nace de un cuerpo atravesado por lo floral. Recicatriz, de actriz, recitadora y de cicatriz o de marca sutil y profunda de la poesía en un universo que la obra recrea a modo de ensueño.

¿Dónde se inicia lo teatral o dónde termina la poesía en Rosa Brillando? Es que sucede, cuando el teatro queda en su oscuridad más poderosa, en ceremonia plena, que el teatro se da a ver y la poesía se escucha.

Un paraíso cultivado por Marosa

Fragmento de Cientos de pájaros volando