No puedo desligar la escritura de mis proyectos porque la escritura —esa literatura que proviene del territorio— es la puesta en marcha de lo que se alcanza a ver.
Entiendo la gestión como una respuesta a eso que aparece susurrando desde las orillas de la comunidad y que yo, como escritora, decido otorgarle escenario. En mi caso, los proyectos siempre están ligados a una mirada histórico- patrimonial, pero si lo patrimonial cae en una estética melancólica todo se vuelve piedra.
Nada hay más rígido que una comunidad que mira lo conseguido, aprecia o se conduele, pero no lo pone en circulación a través del arte. El arte es el puente que une.
Las Sibilas de San Telmo son patrimonio cultural e histórico de Buenos Aires, un patrimonio poco conocido, difundido. Lo que no se ve no se valora, y aquello que no está en escena se vuelve una geografía invisible; y ese territorio común que no se ve abre un abismo entre lo que fuimos y lo que somos. La experiencia de dar a conocer este patrimonio fue compleja, pero no imposible. En mi caso, puedo decir que desconocía su existencia, quiénes las pintaron, en qué época, cómo llegaron.
Residen en el interior de la sacristía de la iglesia San Pedro González Telmo, casualmente la más antigua de nuestra ciudad. Esta exposición fue un rescate de sus texturas, sus colores, su historia: fue y es el resultado de varias manos pintoras, jesuitas y de nuestras comunidades originarias.
¿Qué de jesuita tienen y qué de nuestras comunidades originarias? Sólo un dato: la parte inferior de los cuadros es florida, vegetal, colorida, bidimensional. Aquí está la mano de esos maravillosos maestros que han sido aprendices de los jesuitas; quizá también en algunos rasgos de los mantos de estas mujeres conocidas como pitonisas o sibilas. América es florida, vegetal, suntuosa, exótica y vivaz.
La investigación es profunda y está en manos de historiadores, artistas, restauradores. Sólo quiero señalar que nuestra tarea fue otorgarles espectadores curiosos; bajarlas de aquellas paredes que custodian la sacristía de esta bella iglesia, situarlas en la escena de la ciudad y de la historia nuestra. Revelar la calidez que se adivina en cada detalle.
Son mágicas, intrigan y anuncian. La idea de este proyecto fue devolverlas, al abrigo —como dicen— de la comunidad.


DEL ADOQUÍN A LA LUZ
Crónica de una gestión cultural
Este proyecto nació de una pregunta simple: qué historias guarda un lugar que vemos todos los días y, sin embargo, casi nadie conoce. En la sacristía de la Iglesia de San Pedro González Telmo se conserva una serie de doce pinturas coloniales del siglo XVIII provenientes de los talleres cuzqueños. Son conocidas como Las Sibilas de San Telmo. Durante mucho tiempo estas obras permanecieron casi invisibles para el propio barrio. El proyecto propuso volver a mirar ese patrimonio y abrirlo a la comunidad.
A partir de una investigación sobre el origen de las pinturas —su relación con los talleres de pintura andinos, la presencia jesuita en Buenos Aires y las comunidades indígenas que participaron en su manufactura— se organizó una exposición en la sacristía de la iglesia, acompañada por una serie de actividades culturales. Una parte central del proyecto fue el trabajo con la comunidad parroquial, que participó activamente en el proceso: se realizaron encuentros de formación y capacitación para que los propios miembros de la parroquia pudieran llevar adelante las visitas guiadas y compartir con el público la historia de las pinturas y del lugar.
Durante el ciclo se realizaron visitas guiadas, charlas, debates, conciertos, talleres y encuentros poéticos, generando un espacio de intercambio entre la historia del arte, la vida cultural del barrio y los visitantes de la ciudad. La propuesta buscó algo muy sencillo y a la vez muy profundo: devolver estas pinturas a la vida cultural del barrio y permitir que vecinos, feriantes, comunidad parroquial y público general pudieran reencontrarse con una parte de la historia cultural de San Telmo.
De este modo, el proyecto transformó una colección patrimonial poco conocida en un punto de encuentro entre arte, memoria y comunidad, mostrando cómo el patrimonio puede volver a activarse culturalmente cuando se lo abre al barrio y se trabaja junto a quienes habitan el lugar.


12 VOCES DESPIERTAN










