

Hace muchos años que camino pueblos y ciudades. Tengo una mirada peregrina de las cosas —no de esas cosas vagas y difusas que invocamos al decir “¡qué cosa!”, ni de las que señalamos al hablar de lo que pasa, sino de las cosas físicas, vivas, que portan memoria y resguardan, en su pulso silencioso, la huella de quienes fuimos.
Las cosas que nos habitan no desaparecen jamás, aunque pierdan su forma original. Sucede con las obras de arte, a las que que Martin Heidegger llama cosas. Incluso desaparecidas, algo de ellas vuelve en la narración que las recuerda.
Siempre que visito un lugar —aunque los sitios se parezcan mucho en su hechura: edificios, plazas, iglesias, casonas, museos, ríos— no busco tanto la antigüedad de las cosas como el latido de las voces que las habitaron.
Las cosas no perduran solamente porque se las conserva: se las conserva porque dentro de ellas persiste la historia humana. No nos alcanza con ver; también necesitamos inscribirnos en las crónicas, a veces bajo la forma de obras de arte.
La mirada del cronista es una mirada horizontal, una mirada de caminos. Hay cronistas de sitios —aquellos que aportan una mirada topográfica— y otros de atmósferas: un poeta. Y aquí quiero detenerme en un gran cronista que da vida a este texto y habita este museo: Cándido López.
Pintor y soldado de las guerras posteriores al Acuerdo de San Nicolás, en su obra nos lega no solo una experiencia artística, sino también histórica. Un soldado, un cronista y un pintor: una alianza poderosa. Un mapa hecho de pigmentos, donde el polvo de los caminos, traspasado a la tela, permanece en toda su densidad.
Su obra-cosa nos ofrece la topografía de otro tiempo y nos devuelve, todavía viva, una memoria histórica.