EL OBRADOR

Se me ha dado en pensar, desde hace algunos años y después de haber publicado mi primera obra Cientos de pájaros volando —volveré sobre este nombre, que contraría al refranero popular que dice: “más vale pájaro en mano que cien volando”—, en escribir sobre la estética, el pueblo, la verdad que los objetos iluminan. ¿Quién no ha escrito sobre estos ríos?

Mi segundo pequeño trabajo lleva por nombre Las flores de un libro árbol.  ¿A razón de qué viene este título? En el verano de 2024 mi padre llevaba fallecido dos meses.

Encuentro en mis dos libros una misma raíz: una naturaleza intencionada, voluntariosa, que no está deshabitada ni habitada por el paisaje. Una obra.

No puedo dejar de pensar en mi padre, que se dedicó a trabajar en obras: era obrero, maestro mayor, como solía presentarse.

Quien piensa en una ciudad piensa en edificios, vidrios, calles. Sabe que lo más probable es que se encuentre con esos materiales. Y es cierto: después de andar de naviero, portador de una gran imaginación, mi padre llegó a la ciudad de Buenos Aires, al barrio de Constitución. (1)

La vida es un hecho romantizable: se añora más de lo que se vive. Pienso que no hay mayor categoría que la romantización. La literalidad es para las piedras; pero el resto —incluso las piedras— es para la poesía, la escritura o la literatura, como se guste.

No haré la tarea de separar la literatura de la escritura al modo de Roland Barthes. Cuando se escribe de raíz, el andamiaje es para la teoría, y suelo desgranarla en el rumiar de alguna vaca en el pueblo de Gardey. Todas las mañanas de enero se oye el viento apoyarse sobre las moscas.

No gusto de la literatura en sí misma; gusto del pensamiento. Una emoción iletrada que inunda, en un hospital, la mirada estoica del señor de la cama de al lado de mi padre, que nunca recibía visitas. Le compré una botella de agua y dos facturas: mi padre era de un pueblo, y eso me pidió. Nada que ver con la escritura ni con la poesía, menos aún con la Literatura.

Obrar las palabras como se obran las casas

NOTA 1 / Fragmento de Cientos de pájaros volando. La silla

(1) La atmósfera de una época suspendida. Este registro sonoro recupera el espíritu de la casa chorizo en el barrio de Constitución, hacia 1977. Un relato de autoficción donde la memoria biográfica y la literatura se cruzan para devolverle el murmullo y la intimidad a los objetos del pasado.

[La silla]

Gabriela Oyola

Soy licenciada en Artes y me muevo en el cruce entre escritura, proyectos culturales y escena. Desarrollo propuestas a partir de la lectura de espacios, sus historias y las comunidades que los habitan, activando espacios patrimoniales y comunitarios a través de programas que invitan al diálogo artístico.

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