CONFERENCIAS PERFORMÁTICAS

La voz en la escena

¿Qué hay antes de la escritura? Esa es la pregunta que me llevó al formato de la conferencia performática.

Creo que las palabras no son nada sin materia; que antes de hablar verdaderamente, aprendimos a ver, que equivale a desplazarse. No recuerdo de niña haberme sorprendido por los juegos; mi revelación de la infancia me la dieron las cosas. A veces, las formas de un macetón enorme situado al costado de un frondoso patio. Otras, el verde de las hojas del gomero, una planta exótica para un niño. También las cerámicas caramelo del frente de una de las tantas casas en las que viví. Sí, como mi niñez fue un sinfín de mudanzas, yo aprendí a jugar con las cosas, con los ríos y sus manzanas.

De todas las casas siempre recuerdo a mi padre arreglando algo: una pileta para el verano, hecha de ladrillos y pintada de azul por sus manos bien formadas, dedos de escultor, imagino. Cuando leo en Rilke el modo en que describe la obra de Rodin, siento amistad con él. Crea una literatura de materiales tan redonda que todas las obras de Rodin son piedras en estado de naturaleza; jamás una bella y complaciente naturaleza, sino habladora y ardiente.

Las palabras se comportan así para mí; por eso no me alcanza sólo el papel. Yo las veo rodar por todos los caminos en los que anduve: ciudades, pueblos, provincias, barrios, casas y muebles. De cada objeto hago un lazo hacia la obra de Rodin, o las pinturas de un Manet, o un verso de Borges, Proust, Machado o nuestro teatro del grotesco.

Siempre, detrás de cada objeto que me alcanza, una imagen se estampa en el fondo de la página y la palabra toma relieve de a poco: se mueven. Escribe Gustavo Adolfo Bécquer: “Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poder presentarse decentes en la escena del mundo”.

Las palabras visten a las cosas, pero lo que importa son las cosas; aunque estos minúsculos murmullos del mundo no pueden sin ellas: palabra y cosa, se ha dicho.

Hay algo injusto que se le endilga a la nostalgia: se la confunde con tristeza, melancolía, hastío. Sucede que todas ellas no saben que la nostalgia es siempre de cosas; en cambio, lo otro es atmósfera.

En 1688, el médico suizo Johannes Hofer acuñó el término nostalgia —del griego nóstos (regreso al hogar) y álgos (dolor)— para diagnosticar el sufrimiento físico y la añoranza que padecían los soldados mercenarios al encontrarse lejos de su patria. La casa o la cosa perdidas da igual para la poesía. Todas son cosas: el cuerpo herido, la casa de paredes celestes, la tierra oscura, los cipreses de ese pueblo, las tazas a lunares y el café en granos, la cama marrón y sus cobijos color plata. Eso es la nostalgia: girar el recuerdo hasta que la cosa aparezca —una botella de Giorgio Morandi, la soledad de un bandoneón, un aparador al fondo de un bar.

Vale esperar a las palabras: la melancolía es anterior a la nostalgia. Debe haber habido seres que, teniendo nostalgia de las cosas, solo conocieron la palabra melancolía y vivieron añorando las formas, la materia, lo macizo. La melancolía cae en el vacío; la nostalgia, en cambio, cae sobre las cosas, porque las cosas existieron, aunque se hayan perdido. Y quizás por eso el arte insiste tanto: trabaja en el rescate de la cosa o de la casa perdida. Pero como la escritura es más generosa que la literatura, devuelve la cosa perdida.

La conferencia performática, ese decir de la escritura en escena a través de la voz, se comporta de igual manera: un texto también puede latir en el oído de un espectador. Vamos todos en busca de esa materia. Las palabras llegan después de las cosas.

De Astor se conoce mucho, pero sólo el arte sabe. Del camino de la vida sólo se ocupa el alma, y el alma es el único reservorio del amor. Arte y alma se conjugan en iguales tiempos.

Me gusta hablar de los artistas más que del arte. Encuentro en cada historia el sedimento de un deseo lejano, una emoción secreta nacida en la infancia. Toda la vida es el reverso de una imagen primitiva. Las cosas. El mundo es el reducto de las cosas de uno. Salimos en busca de un bandoneón perdido o un muñeco de trapo con cara de caballo o un libro sobre barcos o el sonido musical de un viejo aserradero detrás de una casa vecina.

No es el silencio el que habita, todo lo contrario, el mundo se abalanza con un bullicio preciso: las cosas necesitan aullar su aparición. Una habladuría pacífica detona palabras luminosas, las específicas, ocultas en un mundo que no necesita de profesiones, pero sí de ocupaciones.

Tres cosas: el hombre, las pisadas, el perro. Una trinidad poética del paisaje.

El sedimento del tiempo, el barroco, la pintura, el piano clásico, la salsa italiana que preparaba su madre, el Central Park, Borges, los barrios más bajos de Manhattan, el jazz, el sonido viejo de Buenos Aires, el tango pobre, la pobreza, el camino del creador…

Las palabras son hermosas en sí mismas. Desarmarlas es un trabajo poderoso, artesanal. Al hacerlo brotan de imágenes, de a montones: acercan paisajes, gentes, astros, plantas de las más variadas.

Frente a esta pregunta se enfrenta el creador: se coloca unas botas y se mete al estanque y, con una bolsa en las manos, saca las botellas, las bolsas, el telgopor roto, las latas, busca el fondo, ya que el fondo aparece.

PIAZOLLA Y POESÍA

«No es fácil pintarse a uno mismo, en todo caso es completamente diferente de una fotografía. El impresionismo tiene, además de todo lo que tiene, buscamos una semejanza más profunda que la de un fotógrafo». Vincent van Gogh.

Dramaturgia y voz: Gabriela Oyola.

Piano: Cecilia Frías.

Contrabajo: Ariel Obregón. La Biblioteca Café

Espacio: Adaptable a salas de cámara, galerías y patios históricos.

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