El obrador
Se me ha dado en pensar, desde hace algunos años y después de haber publicado mi primera obra Cientos de pájaros volando —volveré sobre este nombre, que contraría al refranero popular que dice: “más vale pájaro en mano que cien volando”—, en escribir sobre el peronismo. ¿Quién no ha escrito sobre este río?
Mi segundo pequeño trabajo lleva por nombre Las flores de un libro árbol. ¿A razón de qué viene este título? En el verano de 2024 mi padre llevaba fallecido dos meses.
Encuentro en mis dos libros una misma raíz: una naturaleza intencionada, voluntariosa, que no está deshabitada ni habitada por el paisaje. Una obra. No puedo dejar de pensar en mi padre, que se dedicó a trabajar en obras: era obrero, maestro mayor, como solía presentarse. Quien piensa en una ciudad piensa en edificios, vidrios, calles. Sabe que lo más probable es que se encuentre con esos materiales. Y es cierto: después de andar de naviero, portador de una gran imaginación, mi padre llegó a la ciudad de Buenos Aires, al barrio de Constitución.
La vida es un hecho romantizable: se añora más de lo que se vive. Pienso que no hay mayor categoría que la romantización. La literalidad es para las piedras; pero el resto —incluso las piedras— es para la poesía, la escritura o la literatura, como se guste.
No haré la tarea de separar la literatura de la escritura al modo de Roland Barthes. Cuando se escribe de raíz, el andamiaje es para la teoría, y suelo desgranarla en el rumiar de alguna vaca en el pueblo de Gardey. Todas las mañanas de enero se oye el viento apoyarse sobre las moscas.
No gusto de la literatura en sí misma; gusto del pensamiento. Una emoción iletrada que inunda, en un hospital, la mirada estoica del señor de la cama de al lado de mi padre, que nunca recibía visitas. Le compré una botella de agua y dos facturas: mi padre era de un pueblo, y eso me pidió. Nada que ver con la escritura ni con la poesía, menos aún con la Literatura.
Nací en 1974 y, a esta altura, por suerte, está todo ensanchado en torno a los géneros. Digo géneros y se abalanza el vestido de novia de mi tía Nena, que se casó en 1960 en la provincia de San Juan, rodeada de tías provincianas, desde Salta hasta Chaco, pasando por Mendoza. Nada hay más horizontal, histórico, espeso que las escenas familiares.
Compartir lo que se sabe no es mucho pedir. ¿Dale, cuánto sabés realmente? Aunque sean recuerdos: esos que evaporan la soledad de una olla cuando, apretando los puños y cortando papas, se ilumina una niñez en el anochecer de un barrio.
Esos puños, interpretados con exactitud, cuando la obra Sin pan y sin trabajo se anuncia como discurso irreemplazable declarando que aquello que se quiere es ser narrado a la luz del abrigo. Lo más hermoso de la pintura es que irradia temperatura: los colores dan calor.
Está visto que toda obra encierra una promesa: una materia voluminosa apoyada sobre un suelo verdadero. No sabemos realmente todo lo que late en esa cosa sensible; en el fondo, se comporta como los muertos: un cuerpo inerte en apariencia, pero lleno de imágenes impregnadas del olor a café de algún bar en la calle Pringles.
Sabemos con exactitud qué se nos promete porque ha dado en el centro de nuestro corazón. La tierra prometida es la más antigua, y con la sien plateada que tan hermosamente se anuncia en la poesía machadiana —poesía de territorio y tradición, de verdad y búsqueda, de revisión y caminata—, vagabundeamos para ver qué se nos ha caído entre los pedregales.
Vemos cómo algo se enciende en el marco labrado de un retrato familiar.
Una promesa se desparrama a lo largo y ancho del pueblo de mis parientes: una latitud poética, resistente.
Un poema habitado de territorio. Ya no una palabra para nombrar cosas, sino cosas que recogen una escritura venturosa y real.
La estación de tren, el correo municipal, la plaza, el barrio, los perros bajo la sombra: cosas que se alzan como herencia maciza. Una escritura labrada sobre arcaicos anhelos humanos: una promesa del vivir.
Cientos de pájaros volando —título que quise poner a salvo del refrán original— vuelve aquí como una imagen nueva. ¿Para qué quiero pájaro en mano, si el resto de las aves emigrarán silenciosa sin haber cantado su verso? “Más vale pájaro en mano que cien volando” obtura las promesas y los sueños. Los pájaros de nuestra escritura no son ni más ni menos que todas y cada una de nuestras escenas familiares e históricas —políticas y poéticas—.
No creo en una sin la otra. Dejar que la política avance y la poesía aligere sus pasos para alcanzar la raíz no es justo: es como olvidar, en la foto familiar, a los bisabuelos, aunque no hayan participado de la toma.
La tierra donde pisa esa familia, los zapatos que calza, la ropa que la viste, la silla donde apoyan sus brazos, el sol que calienta las baldosas es político y poético. La materia de la escritura —vale decir, poesía en el más poderoso de los sentidos y de la acción— son cosas tales como la taza llena de mate cocido y leche en el patio de una casa.
No hay otro mundo más que esto. ¿Qué es el mundo?
Todas las obras en las que mi padre trabajó son la escritura prometida. Era obrero, maestro mayor, como solía presentarse. Hay que obrar palabras como se obran casas o escuelas. Una continuidad a la narrativa de las cosas. Dejar de interpretar para comenzar a escribir.
Soy licenciada en Artes y me muevo en el cruce entre escritura, proyectos culturales y escena. Desarrollo propuestas a partir de la lectura de espacios, sus historias y las comunidades que los habitan. Mi práctica parte de observar, recorrer y transformar experiencias en pensamiento cultural; activando espacios patrimoniales y comunitarios a través de programas que invitan al diálogo artístico.



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