Cómo trabajo
Trabajo desde la lectura cultural de los lugares.
Voy, miro, camino. Pero el lugar no termina en lo que se ve. También está lo que evoca, lo que convoca, lo que lo rodea. El entorno, el barrio, la historia, las esquinas, la gente. Todo eso forma parte del lugar.
A partir de ahí aparecen ideas. Después investigo, escribo y desarrollo proyectos. Pero no es un proceso cerrado ni lineal. Es un proceso vivo. Un espacio no vive solo de la gente que lo encuentra por internet o por redes —Instagram, TikTok, lo que circule—. También tiene un vínculo con su entorno inmediato. El barrio tiene que conocer ese lugar. Muchas veces hay personas que viven a pocas cuadras y no saben que existe.
Un caso concreto fue el proyecto de Las Sibilas de San Telmo. Las pinturas estaban en la sacristía de la iglesia, un espacio al que no accede el público en general, porque es el lugar donde el sacerdote se prepara para las celebraciones. Durante un mes se habilitó ese espacio para una exposición, con visitas organizadas y acceso cuidado, respetando el carácter sagrado del lugar. Aun así, muchas personas del barrio, incluso de la propia comunidad, no sabían que esas pinturas estaban ahí. Ese tipo de situaciones muestra hasta qué punto un lugar puede existir sin ser realmente percibido por quienes lo rodean.
Ahí aparecen distintas estrategias para construir públicos. No solo los habituales, no solo los amigos, no solo la difusión tradicional. Se trata de activar lo que ya está ahí, pero no está en relación.
Mi trabajo es detectar esas capas, activarlas y ponerlas en relación.No trabajo desde manuales de gestión. Trabajo desde la experiencia de haber caminado lugares. Mis charlas parten de ahí: son territoriales, concretas, situadas. No reemplazan un manual, pero tampoco el manual reemplaza esa experiencia.
Siempre me han interesado los diarios, las notas, las cartas: todo aquello que funciona como el revés de la obra de los artistas. No por curiosidad sobre la vida personal, sino porque en esos materiales aparecen los procesos. Ahí se ven los desplazamientos, las dudas, las decisiones que luego toman forma en una obra. Las cartas de Rilke, las de Van Gogh, los intercambios entre artistas, incluso los escritos de Freud: son conversaciones donde aparece el mundo, no como teoría, sino como experiencia en elaboración. Ese registro permite ver cómo ciertos elementos de la vida abren caminos hacia una estética, hacia una forma, hacia una idea de arte.
Me interesa cómo una historia personal se pone en relación con el mundo. No como algo cerrado, sino como algo que se abre.
Hasta acá te conté cómo leo los lugares. Ese es el punto de partida para desarrollar un proyecto en distintas etapas. Ahora, te cuento por qué la escritura es parte central de todo esto. La escritura acompaña todo el proceso. No existe un proyecto sin algún tipo de registro. Puede ser una nota, un ensayo, un artículo, una memoria o incluso un punteo.
La escritura funciona como una inscripción. Es una forma de reflexión que queda, que reposa y a la que se puede volver. Permite ordenar lo que aparece en el proceso, pero también compartirlo con otros. Incluso cuando el proyecto no está activo, la escritura mantiene un vínculo con lo que se está pensando. Por eso, para mí, la escritura no es un complemento: es parte del trabajo.

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Si te interesa trabajar juntos o desarrollar una idea, podés escribirme.
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