La puesta de Ismene se ofrece hoy como un espacio de transparencias, donde la creación no se agota en el acto efímero, sino que conserva esa aura que Benjamin atribuía a la obra de arte. En cada representación anida un recuerdo silencioso: el rastro de quienes imaginamos, leímos y habitamos estos personajes desde su origen. El teatro es, ante todo, un sedimento de visiones compartidas. Las siguientes líneas buscan, entonces, compartir la cocina de aquel proceso.
La génesis de esta obra hunde sus raíces en un hallazgo azaroso sobre un libro biográfico de Eva Duarte en cuya portada se vislumbra un bello rostro cinematográfico: Más allá de tanta pena. Allí, en la imagen de la joven actriz que llega de Los Toldos con el sueño de una artista, se disparó una bifurcación cinematográfica. Me pregunté por el destino de esa potencia si el camino elegido hubiera sido el del arte. Esa imagen de una Eva joven, maleta en mano, detenida ante un camino de tierra que se divide, fue el umbral hacia una investigación sobre la identidad, el desarraigo y la representación.
Existe otro antecedente: en una ocasión trabajaba sobre la profunda riqueza del teatro de Leopoldo Marechal a partir de su Antígona Vélez. Profundizaba en mi trabajo sobre los rostros de Eva Perón y Tita Merello espejados en la Antígona de Marechal; ensayo que forma parte de mi libro Cientos de pájaros volando. En este cruce de texturas, la obra teatral Ismene venía habitando las mesas de los cafés de Buenos Aires como una cartografía de lo sensible. La obra se fue gestando con el convencimiento de que el teatro no puede perder su entorno físico: una obra también está hecha de sus ciudades y de sus barrios.
En esa búsqueda, la Antígona Vélez de Marechal también funcionó como un espejo de agua donde se refractaban las mujeres de mi propia historia familiar: figuras de provincia, desarraigadas y afincadas en la Buenos Aires de las casas de patio.
Sin embargo, en el proceso de escritura ocurrió un desplazamiento fundamental. Al relevar los diálogos y las tensiones del texto, comprendí que la voz que emergía de las sombras no era la de la heroína trágica, sino la de Ismene. Centrar la mirada en Ismene supuso rescatar a un personaje enigmático, históricamente relegado a la periferia del mito bajo la sombra de la desmesura trágica. Ya en el Edipo en Colono de Sófocles, es quien asume la itinerancia para informar al padre sobre el conflicto fratricida, portando el pulso de la guerra y la fragilidad de los lazos de sangre. Ismene aparece como la guardiana de una sensibilidad que trasciende lo individual para volverse profundamente social.
¿Sobre qué raíces está asentado el teatro? En esa preocupación estética, pero también social y cultural, es que avanzamos hacia la puesta de la obra. Ismene trabajaba sobre caminos polvorientos; como toda obra en proceso, los ensayos iban desgranando autores, estéticas y miradas sobre el arte, reforzando la riqueza de la comunidad teatral a través de sus preguntas y descubrimientos.
Desde los inicios, la mirada se centró en la reivindicación de Ismene como una «héroe débil», trabajando sobre su capacidad de volver con su dolor para reconstruir vínculos de una familia signada por la tragedia. Esta consigna ética, estética y política —la de avizorar un futuro común desde la fragilidad— ideó una obra que iluminaría un escenario ritual donde la comunidad se reúne para observar sus propios misterios. En esta misma línea, los procesos de ensayo se configuraron como una indagación sobre la potencia política de los cuerpos sensibles, alejándose de la retórica convencional para situarse definitivamente en una estética de la vulnerabilidad.
Su lectura evitó la representación del «bronce heroico» en favor de una verdad escénica donde el conflicto de las hermanas se desplazaba hacia la construcción de los lazos y la mirada hacia un futuro compartido. Ismene no emergía aquí desde la omisión, sino desde la capacidad de hallar, en la duda y el amor, una comunidad posible. Los ensayos fueron, en definitiva, el territorio donde se desmontó la heroicidad individual para dar paso a un ritual colectivo, restituyendo al mito su dimensión humana y su arraigo en el pueblo. El teatro entendido como el mito como esa luz donde la Historia de los pueblos se recuesta y resurge.
